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viernes, 5 de marzo de 2021

Inteligencia emocional, clave para reducir el estrés docente ante la pandemia

 Expertos en educación emocional explican cuáles son los beneficios de desarrollar las competencias emocionales en la docencia y algunas recomendaciones sobre cómo usarlas para controlar el estrés en tiempos de coronavirus

 


Si en circunstancias normales la docencia ya producía altos niveles de estrés laboral y agotamiento, la crisis del COVID-19 ha agravado la salud mental de los y las docentes a nivel mundial.
 
El 92,8% del profesorado ha sufrido desgaste emocional y estrés durante el confinamiento, según un estudio desarrollado por la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF). Y otra investigación, Panorama de la educación en España tras la pandemia del COVID-19: La opinión de la comunidad educativa (2020), realizada por investigadores de las universidades de Granada y Málaga para BBVA, afirma que, tras el periodo de alarma y cuarentena, toda la comunidad educativa evidencia signos de estrés, ansiedad y agotamiento, tanto profesional como psicológico.
 
"La comunidad docente afronta una situación novedosa y de incertidumbre, muy similar a la que está afrontando toda la sociedad. Sin embargo, en el caso del profesorado, esta situación se suma a los diferentes estresores que ya hacían mella en su salud mental antes de la pandemia", asegura en declaraciones a Educaweb Natalio Extremera Pacheco, Catedrático de Universidad en el departamento de Psicología Social de la Universidad de Málaga (UMA) e investigador del Grupo de Investigación Recursos Personales Positivos.
 
"El profesorado en ejercicio en general (más del 90%) no ha recibido nunca ningún tipo de formación en educación emocional de forma sistemática, fundamentada en las investigaciones científicas y suficiente en cantidad (tiempo) y calidad", apunta en entrevista reciente Rafael Bisquerra, presidente de la Red Internacional de Educación Emocional y Bienestar (RIEEB).
 
Ante este contexto, los expertos y fuentes consultadas consideran que el profesorado necesita más que nunca formarse en educación emocional. De esta forma podrá desarrollar y practicar la inteligencia emocional y así manejar las emociones de miedo, incertidumbre y motivación que le ayude a incentivar el aprendizaje del alumnado en estos momentos difíciles.
 

Los beneficios de la inteligencia emocional para docentes

 Entre los beneficios que aporta la inteligencia emocional en el ámbito educativo destacan los siguientes, según los expertos consultados:
 

Ayuda a prevenir la ansiedad y el estrés

 El profesorado que cuenta con habilidades emocionales "es capaz de regular mejor sus emociones y como consecuencia goza de un mayor bienestar emocional", señala en declaraciones a Educaweb Rafael Bisquerra.
 
El director del Posgrado en Educación Emocional y Bienestar (PEEB) y del Posgrado en Inteligencia Emocional en las Organizaciones (PIE) de la Universitat de Barcelona añade que "las competencias emocionales, cuando se han desarrollado de forma fehaciente, a través de procesos de educación emocional, son un factor importante en la prevención múltiple de estrés, depresión, fobias, violencia, etc.".
 
Como evidencia de lo anterior se encuentran los resultados del estudio La importancia de la inteligencia emocional del profesorado en la misión educativa: impacto en el aula y recomendaciones de buenas prácticas para su entrenamiento (2019), elaborado por investigadores de la UMA en el que se comprobó que los profesionales de la enseñanza con mayores habilidades emocionales tienen menos síntomas de estrés y ansiedad que quienes no cuentan con ellas.
 
 
Evita el burn-out y mejora la satisfacción laboral

 Los docentes que practican la inteligencia emocional se sienten más satisfechos tanto con su trabajo como con la vida en general, por lo que presentan actitudes laborales más positivas, así "como mayores niveles de ilusión por la enseñanza, menores niveles de burn-out (síndrome del quemado) y mayor satisfacción laboral", según Extremera Pacheco, catedrático del departamento de Psicología Social de la UMA.
 
Cuando un profesional de la educación consigue su bienestar personal a través de la inteligencia emocional también es capaz de mejorar su trabajo docente, porque podrá llevar a cabo un "manejo emocional positivo de situaciones conflictivas en el aula, así como relaciones más positivas entre el profesorado y el alumnado", añade.
 
De hecho, el nivel de inteligencia emocional de los docentes modera significativamente la intención de abandono de la profesión, de manera que quienes no cuentan con ella tienen más probabilidades de sufrir el síndrome burn-out, un tipo de estrés laboral que agota física, emocional o mentalmente a las personas. Así lo señala la investigación Leaving the Teaching Profession: Examining the Role of Social Support, Engagement and Emotional Intelligence in Teachers' Intentions to Quit (2020), desarrollada por investigadores de la UMA y la Universidad Jaume I.
 

Permite ayudar al alumnado a mejorar su desempeño emocional y académico

 El profesorado que practica la inteligencia emocional está en mejores condiciones para contribuir al desarrollo de las competencias emocionales de los estudiantes, explica a Educaweb Rafael Bisquerra. "Las repercusiones de todo esto es la mejora de la convivencia, del clima emocional de aula, del rendimiento y del bienestar" de todo el alumnado.
 
Asimismo, el profesorado que trabaja su inteligencia emocional "acaba repercutiendo en resultados satisfactorios en los estudiantes, tanto académicos como en otros ámbitos, como en que puedan llegar a ser autosuficientes, por ejemplo", indica a Educaweb Alejandra Cortés, profesora y directora del Máster en Educación Socioemocional para el Desarrollo Personal y Profesional de la Universidad de Zaragoza.
 
Y es que la inteligencia emocional de los y las docentes tiene un impacto directo a largo plazo en los indicadores educativos del alumnado, como, por ejemplo: una mayor motivación por aprender, el incremento del sentimiento de pertenencia al grupo, actitudes más positivas hacia el centro educativo, el profesorado y asignaturas, así como un mayor rendimiento escolar y mejores conductas sociales en clase, explica por su parte Extremera Pacheco.
 

Cómo controlar el estrés y la ansiedad en el profesorado 

Los expertos consultados sugieren a los docentes formarse en inteligencia emocional y aaportan algunas recomendaciones, basadas en la educación emocional, para ayudar a los y las docentes a cuidar su salud mental, especialmente en tiempos de pandemia. Entre estas se encuentran:
 
 

1. Practicar el autocuidado

 Para evitar caer en el estrés y la ansiedad resulta necesario poner en práctica "las 4 D": descanso, dieta, deporte y diversión, recomienda el catedrático e investigador Natalio Extremera Pacheco.
 
En relación con el descanso, hay que buscar "ese equilibrio de 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de ocio", señala el experto. Respecto a la dieta, recomienda alimentarse de manera equilibrada y no dejarse arrastrar por "ingestas compulsivas" ante una situación de estrés.
 
También resulta indispensable realizar ejercicio físico, ya que es un antiestrés natural, y tener momentos de diversión. "Debes buscar un tiempo a la semana para hacer aquello que realmente te gusta, te motiva, te apasiona y, principalmente, te mantenga la mente alejada de los estresores cotidianos del trabajo", señala.
 

2. Realizar "gimnasia emocional"

 Por su parte, Rafael Bisquerra recomienda bajar los niveles de estrés realizando "gimnasia emocional", que consiste en poner en práctica diariamente algunos de los principios y actividades de la educación emocional: la relajación, respiración consciente, meditación, mindfulness, fluir en lo que se está haciendo y "desafiar las fuerzas de la gravitación emocional para hacer consciente el bienestar".
 

3. Controlar la sobreexposición a noticias sobre la pandemia

 Evitar la sobreexposición a información sobre la pandemia también es recomendable para controlar el estrés y la ansiedad.
 
"No podemos controlar la pandemia, pero sí podemos controlar el tiempo que le dedicamos a ello… Seguir recibiendo más información de víctimas e infectados solo nos afecta a nivel emocional", explica Extremera Pacheco, quien también recomienda a los docentes descansar, desconectar y convertir el tiempo libre en momentos para estar con la familia.
 

4. Compartir las preocupaciones o ansiedades con otros

 
Conversar con los demás sobre las preocupaciones tiene un importante valor terapéutico, por ello los expertos recomiendan formar parte de un grupo social de apoyo, de preferencia profesional, con el cual compartir experiencias y emociones. "Hablar sobre cómo te sientes y cómo estás afrontando la situación con amigos, compañeros del trabajo, familiares o un profesional de la psicología puede ser de gran ayuda", sostiene Extremera Pacheco.
 
"Tener un grupo social de apoyo es clave", coincide Alejandra Cortés. "Las evidencias nos dicen que, en contextos profesionales, si te sientes apoyado y cuentas con un buen ambiente laboral en el centro educativo, es posible evitar el estrés a corto y largo plazo".
 
En una investigación reciente elaborada por docentes del proyecto Escola de Voluntariat i Formació a Mida de Fundació Siuriana se demostró que el profesorado que forma parte de "grupos de docentes de gestión del estrés" en un centro educativo ha podido reducir esta emoción. Estos grupos son espacios de reflexión donde los docentes comparten sus problemas en el aula y encuentran en conjunto la solución.
 

Recursos para mantener el bienestar docente

Diversas entidades han desarrollado algunos programas formativos, recursos y guías para mantener el bienestar docente en tiempos de coronavirus por medio de la educación emocional. Por ejemplo, el Grupo de Investigación Recursos Personales Positivos de la Universidad de Málaga implementa un programa formativo de desarrollo de la inteligencia emocional docente llamado FortalecEMOs: Fortaleciendo competencias de inteligencia emocional con docentes en centros educativos de Secundaria y Primaria.
 
La UNESCO y la Organización Internacional del Trabajo han publicado conjuntamente un conjunto de herramientas para ayudar a los líderes escolares a proteger la salud mental de los y las docentes.  Proporciona consejos prácticos sobre cómo preparar a los y las docentes para un entorno escolar diferente al que estaban acostumbrados y sugiere cómo mitigar su impacto en su salud mental. Entre las recomendaciones destacan: realizar evaluaciones psicológicas y socioemocionales periódicas al profesorado, crear redes de apoyo entre pares y llevar a cabo formación en habilidades emocionales para el manejo del estrés. 
 
En Reino Unido, el sindicato de profesores NASUWET publicó una guía gratuita sobre cómo evitar el estrés y la ansiedad docente mientras se enseña en forma remota. También la asociación australiana ReachOut Schools ha desarrollado recursos gratuitos y consejos para que el profesorado cuide su salud mental en tiempos de coronavirus.
 
También existen multitud de recursos de formación sobre inteligencia emocional para docentes. Desde cursos virtuales de 25 horas lectivas, hasta másteres especializados. En Educaweb podrás encontrar algunas opciones.

 

 

Por Mayra Bosada

Fuente

https://www.educaweb.com/noticia/2020/10/15/inteligencia-emocional-reducir-estres-docente-pandemia-19331/ 

viernes, 6 de noviembre de 2020

En qué consiste la fatiga pandémica y cuáles son los consejos para evitarla

 Este tipo de fatiga afecta la salud emocional de millones de personas en el mundo, no solamente a quienes se contagiaron de coronavirus. Algunos consejos para evitarla, según los especialistas


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La fatiga pandémica se caracteriza por sentirse mentalmente agotado, indefenso, triste, preocupado, frustrado e irritable, cambios que pueden causar trastornos del sueño, del apetito y la concentración mental, además de nerviosismo, irritabilidad y falta de motivación (EFE)

 

La pandemia mundial de COVID-19 afecta y afectará nuestras vidas para siempre. El registro de lo traumático comenzó a manifestarse en los seres humanos como ansiedad, pánico y diferentes formas de congoja y tristeza. El temor y la ansiedad con respecto a una enfermedad pueden ser agobiantes y generar emociones fuertes, tanto en adultos como en niños.

 

Se conoce como fatiga pandémica a la sensación de apatía, desmotivación y agotamiento mental que sufre una persona, y cuyo origen está en el impacto que ha causado el nuevo coronavirus en su vida. Su causa está en los cambios en el estilo de vida relacionados con las cuarentenas parciales o totales, la ansiedad producida por el miedo a contagiarse, las constantes noticias enfocadas en las desgracias causadas por la enfermedad, el temor a perder el trabajo, la soledad causada por la falta de contacto con amigos y familiares o la misma sensación de desesperanza que nos hace preguntarnos: ¿cuándo se va a acabar esta pesadilla?

 

En este contexto, el doctor Elmer Huerta, prestigioso oncólogo peruano, médico y comunicador radicado en Estados Unidos, explicó en un podcast especial de la CNN, Coronavirus: Realidad vs. ficción: “El punto es que cuando hablamos de la fatiga pandémica, no nos estamos refiriendo al tipo de fatiga o cansancio físico o del cuerpo, secuela de la enfermedad, sino a la fatiga mental que afecta la salud emocional de millones de personas en el mundo, más allá de quienes directamente se contagiaron con el virus”.

 

La fatiga pandémica se caracteriza por sentirse mentalmente agotado, indefenso, triste, preocupado, frustrado e irritable, cambios que pueden causar trastornos del sueño, del apetito y la concentración mental, además de nerviosismo, irritabilidad, falta de motivación para hacer las cosas que a uno le gustan, y querer apartarse de los demás.

Expertos y la OMS avisan: el hartazgo conduce al incumplimiento de las medidas. No se puede vivir permanentemente alerta, ni siempre recluido (Shutterstock)

 

Una epidemióloga en Estados Unidos inventó un nuevo tipo de contabilidad. Una de tipo social. Se trata de hacer cada semana un «presupuesto de contactos», que tenga en cuenta el «gasto» obligatorio, como el necesario por motivos laborales, pero también incluya una partida para mantener la salud mental. Todo ello distribuyendo el «crédito» de riesgo de contagio. Parece la última ocurrencia pandémica, pero la ha respaldado la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo que hay detrás es un intento de lograr un equilibrio entre la antigua vida y la nueva, y así paliar un fenómeno que, según las primeras estimaciones de la OMS, afecta al 60% de la población europea: la fatiga pandémica.

 

La apatía, la desesperanza y, sobre todo, una desmotivación creciente y general por protegerse o informarse sobre el COVID-19 son los principales efectos que genera. Los mensajes de las autoridades que antes eran efectivos, como insistir en el lavado de manos, el uso de mascarillas o el distanciamiento físico, ya no calan igual. Y cuando la situación lleva a restricciones del todo o nada, “es más probable que las personas se rindan fácilmente y vuelvan a comportamientos muy peligrosos”, dice la OMS.

 

Algunos consejos para evitar la fatiga pandémica

Además de infectar a 43 millones de personas en el planeta y matar a más de un millón de almas, el coronavirus está causando problemas de salud mental en millones de personas en todo el mundo (Shutterstock)

 

Al respecto, un artículo de la Universidad de California en Los Ángeles, publicado el 7 de julio, nos da algunos consejos para ver el futuro con más optimismo y que esta dañina fatiga pandémica no afecte negativamente nuestra salud mental.

 

1. Cuidar el cuerpo practicando un estilo de vida saludable. Haz ejercicio diario, come saludablemente, trata de establecer una rutina de sueño saludable. Eso te dará energía, y fortalecerá tu sistema inmunológico.

 

2. Limitar el consumo de noticias a una hora o menos al día. Si bien es bueno estar bien informado, sumergirse todo el día en noticias te sobrecarga de emociones negativas y agota tu energía.

 

3. Reducir el estrés. Hacer actividades que te calmen o te den alegría pueden reducir tu nivel de estrés. Por ejemplo, aprender ejercicios de respiración, practicar yoga, dar paseos en el campo, leer o ver comedias.

 

4. Conectarse con los demás. Recuerda que los seres humanos somos criaturas sociales por naturaleza. Estar solo y sentirse aislado puede aumentar el estrés y la desesperanza. Teniendo cuidado de limitar tu contacto físico con personas extrañas a tu hogar, el hacer llamadas telefónicas, videoconferencias, chatear en las redes sociales, escribir cartas o asistir a servicios religiosos en línea pueden ayudar mucho.

 

5. Aceptar los sentimientos. Recuerda que tratar de reprimir o ignorar los sentimientos no los hace desaparecer. Si notas que tus sentimientos de tristeza o desesperanza interfieren con tus actividades diarias, no tengas miedo de buscar la ayuda de un profesional de salud mental.

 

6. Intentar el diálogo interno positivo. Trata de no pensar en lo que va a pasar. Recuerda lo que Mahatma Gandhi decía: en la vida hay dos días que no existen, ayer y mañana. La angustia de pensar en el mañana puede hacer que pierdas la belleza del hoy.

 

7. Crear nuevas rutinas de vida. Por ejemplo, reserva un momento del día para hacer algo que te guste y te haga sentir bien física, mental o emocionalmente. Es posible que esas nuevas rutinas o tradiciones continúen después que haya pasado la pandemia.

 

“El gran peligro de la fatiga pandémica es que una población fatigada es más propensa a relajarse y descuidarse cuando el punto máximo inicial de la epidemia disminuye en su región geográfica”, advirtió el experto. Y continuó: “Es posible que mucho del resurgimiento de la pandemia en Europa pueda ser explicada por una población fatigada que salió sin control en el verano boreal. En las Américas, aunque algunos ya hablen de una segunda ola, aún no hemos terminado de salir de la primera. No permitamos que la fatiga de la pandemia haga que bajemos la guardia, nos relajemos y por no cuidarnos, terminemos contagiados en una segunda ola”.

 

 

 

 

Fuente

https://www.infobae.com/salud/2020/10/31/en-que-consiste-la-fatiga-pandemica-y-cuales-son-los-consejos-para-evitarla/?utm_medium=Echobox&utm_source=Facebook&fbclid=IwAR2_fvlx0P2UFDuC3yoYlMQhKYExh8pHXwLMshww2Z_jLZY2ppyFvhRcXv4#Echobox=1604163523

lunes, 19 de octubre de 2020

EL ESTRÉS DE LOS MAESTROS DURANTE LA PANDEMIA

 Ambos videos se hicieron virales en redes sociales: el primero mostraba a un profesor universitario conteniendo el llanto tras recibir mensajes de aliento de sus estudiantes ante las dificultades que enfrentaba para transmitir un video; en el segundo, una maestra en estado de histeria reprendiendo de manera hostil a sus alumnos por, según ella, tener las cámaras apagadas durante la clase en línea que dirigía. Las reacciones referidas, si bien diametralmente opuestas, tienen algo en común, de acuerdo a los testimonios de los mismos protagonistas: la frustración y el estrés. No hay manera de justificar un trato humillante como el del segundo caso, pero llama la atención que sobre la mesa de debate no se haya tocado apenas, más allá de que es un acto a todas luces censurable, el hecho de que éste pudiera ser reflejo de la situación emocional que muchos docentes están experimentando con la enseñanza a distancia.


 

En el trabajo, se concibe al estrés como la condición en la que “ciertos aspectos del ambiente laboral son extremadamente difíciles o exigentes para ser enfrentados por la persona”, motivando la aparición de reacciones que ponen el riesgo el bienestar físico y mental. Además de los múltiples desafíos a los que el docente se enfrenta en su labor, la naturaleza humana de su actividad la hace más propensa a la generación del padecimiento: “trabajar con personas usualmente genera más estrés que trabajar con cosas, debido a la carga afectiva y emocional que conlleva”. Si bien se dice que en el entorno laboral es inevitable que exista presión y que incluso, bien dosificada, podría ser un catalizador del buen desempeño, “el estrés aparece cuando esa presión se hace excesiva o difícil de controlar”. Para muchos docentes la enseñanza a distancia ha significado este escenario.

 

Si bien ya era proclive al padecimiento en cuestión, durante la pandemia la docencia ha potenciado factores que se asocian al estrés laboral. Uno de los principales se refiere a las jornadas de trabajo muy largas o fuera del horario normal, así como los horarios de trabajo imprevisibles: el hecho de que el maestro trabaje desde casa parece haberse confundido con que debe estar disponible a cualquier hora del día, ya sea para atender a los alumnos o padres de familia, así como recibir avisos e instrucciones por parte de las autoridades escolares. Otra de las razones que genera estrés es la falta de control sobre los efectos de la actividad propia: hoy, más que nunca, el éxito de la labor educativa depende de factores ajenos al docente tales como las condiciones culturales, económicas y tecnológicas de los hogares, así como la disposición de los padres de familia para apoyar el trabajo escolar.

 

Uno más de los estresores del docente tiene que ver con una supervisión inadecuada, desconsiderada o que no proporciona apoyo, así como un ejercicio inadecuado del liderazgo escolar: la función de autoridades educativas y escolares, lejos de facilitar el desempeño de los docentes, puede ser motivo de agobio y enfado ante exigencias abundantes e irrelevantes. El trabajo aislado, al no permitir la expresión de inquietudes ni permitir la superación de dificultades mediante el consejo de pares, también condiciona la aparición del estrés. Finalmente, destacan también las exigencias contrapuestas entre la vida laboral y la vida familiar y personal: espacios y momentos que deberían ser destinados al convivio con los seres queridos, el descanso y la recreación, son invadidos por las obligaciones del trabajo.

 

Como se observa, la labor docente a distancia ha representado un caldo de cultivo para el estrés. Las consecuencias de este problema son de consideración: basta decir que en México se le adjudican anualmente 19,000 infartos (Rodríguez, et al, 2017, p. 2), así como asociársele a dificultades digestivas o para dormir, relajarse o concentrarse. Un estrés mal gestionado puede devenir en lo que se conoce como Síndrome de burnout (o del trabajador quemado). Una investigación de Rodríguez, Guevara y Viramontes (2017) sobre el caso de un docente estresado demostró que éste incurría en eventos de irritabilidad excesiva por detalles muy simples; asimismo, se observaba cansado y era conflictivo con sus colegas; los alumnos del profesor estudiado manifestaron sentirse agobiados, ridiculizados e incluso agredidos física, verbal y psicológicamente. El estrés crónico se vincula también con un “sentimiento de incompetencia personal, profesional y colectiva, [provocando]una crisis de eficacia percibida”.

 

Las consecuencias del estrés excesivo no sólo se limitan a la salud física y mental de los afectados. También tiene importantes repercusiones en la organización escolar: “es común que los compromisos establecidos administrativamente y los contraídos en los consejos técnicos no sean atendidos en tiempo y en forma, argumentando la saturación de trabajo, la dificultada para hacerlo, la falta de recursos, la falta de tiempo, etcétera”.

 

Así pues, se observa que el estrés laboral al que están expuestos los docentes, sobre todo durante esta época de enseñanza a distancia, es considerable dadas sus importantes consecuencias. Un primer aspecto para evitar la aparición del estrés tiene que ver con el ajuste entre los conocimientos y capacidades del docente a las exigencias y presiones del trabajo: en este sentido, se vuelven imperativos, por parte de las autoridades educativas, opciones formativas pertinentes para el desafío que están enfrentando los maestros; las supervisiones y la misma organización escolar también  deberían procurar redes de intercambio de experiencias e información que permita a los profesores prepararse y acompañarse mejor para enseñar a distancia. Debe tenerse en cuenta que “la percepción del apoyo social es crucial para el individuo”, nada más nocivo que el trabajo aislado.

 

Otra posible solución al problema del estrés tiene que ver con la modificación de las exigencias laborales: no se puede suponer que la vida escolar a distancia transcurrirá de la misma manera que la presencial, por tanto, las expectativas y los medios deberán ser mesurados de acuerdo al escenario que se vive, en aras de evitar frustración ante pretensiones inalcanzables. Es evidente también la necesidad de respetar la vida personal del maestro: establecer dinámicas de comunicación respetuosas de los ámbitos familiar o recreativo, por mencionar algunos. Es importante también aligerar la carga administrativa.  Asimismo, para gestionar adecuadamente el estrés no deben descartarse el aprendizaje de técnicas de relajación o terapias (Mindfulness, por ejemplo) destinadas a desarrollar habilidades psicológicas para prevenir y aliviar este padecimiento.

 

Como se observa, el estrés laboral al que son sometidos los docentes, sobre todo durante la enseñanza a distancia, es para tomarse en cuenta. No se puede esperar el éxito de una estrategia educativa si, quienes se encargan de concretarla, los maestros, se encuentran en condiciones desfavorables para desempeñar su labor. El escenario desconocido y considerablemente demandante al que se están enfrentando los profesores debe ser motivo suficiente para poner atención a su estado emocional. Los casos de los profesores expuestos al inicio de este escrito pudieran ser la punta del iceberg de un problema mucho más complejo, que va más allá de episodios de ira o de aflicción espontáneos que, en cambio, pudieran ser indicadores de males que silenciosamente se están gestando y que habrían de tener desenlaces no deseados.

 

 

 

 

Por: Rogelio Javier Alonso Ruiz

Fuente: https://profelandia.com/el-estres-de-los-maestros-durante-la-pandemia/

 

miércoles, 23 de septiembre de 2020

ASÍ LE PASA FACTURA EL ESTRÉS A NUESTRO CEREBRO (Y MÁS EN PANDEMIA)

 Para nuestros antepasados, el estrés suponía una clara ventaja, dado que era necesario para conseguir alimentos, reproducirse, encontrar un sitio para cobijarse… En nuestra sociedad la mayoría de esas necesidades están cubiertas, y ahora las fuentes de estrés son sobre todo de tipo social: vivimos en un mundo con altas demandas laborales y familiares, lo que supone un desafío constante.

 

¿Es el estrés perjudicial? Aunque la contestación pudiera parece obvia, no es tan simple. De hecho, la respuesta más correcta sería «depende». Partamos de que el estrés es un componente normal de nuestra vida. La respuesta de estrés ha sido seleccionada evolutivamente para hacer frente a amenazas ambientales que ponen en peligro nuestra supervivencia. Para nuestros antepasados, el estrés suponía una clara ventaja, dado que era necesario para conseguir alimentos, reproducirse, encontrar un sitio para cobijarse…

 

Pero las cosas han cambiado. En nuestra sociedad la mayoría de esas necesidades están cubiertas, y ahora las fuentes de estrés son sobre todo de tipo social. Vivimos en un mundo con altas demandas laborales y familiares y con un ritmo de vida acelerado, lo que supone un desafío constante. Este estilo de vida frenético favorece la aparición de estrés.

 

A eso hay que añadirle que el momento que estamos viviendo actualmente, como consecuencia de la pandemia por la COVID-19, ha aumentado el estrés social. Una situación excepcional que genera incertidumbres sobre el futuro, la salud, la situación económica… Al duro aislamiento social por el confinamiento se suma que la carga de trabajo ha aumentado (teletrabajo, conciliación familiar, apoyo escolar de los hijos…). Sin olvidar que, para los jóvenes, la pandemia ha supuesto una amenaza de sus proyectos vitales y una alteración de su estilo de vida.

 

Estas circunstancias pueden generar respuestas negativas de estrés. Y si bien el ser humano dispone de mecanismos para hacerle frente, el impacto del estrés dependerá de la percepción individual. Ante una misma situación de estrés cada persona puede reaccionar de maneras muy diferentes en función de múltiples factores (personalidad, apoyos sociales, experiencias previas…). Cómo sea esta percepción determina cuál será la respuesta neurobiológica al estrés. Si nos sometemos a un estrés muy intenso o repetido, o si sencillamente se percibe como impredecible e incontrolable, puede tener consecuencias importantes para nuestra salud, especialmente para el cerebro.

 

¿Cómo puede dañarse nuestro cerebro por estrés?

Cuando el estrés nos hace sentir que la situación escapa a nuestro control, se produce un aumento de una de las hormonas del estrés, el cortisol. Como en todo en la vida, hormonalmente necesitamos un equilibrio. El cortisol es necesario para regular numerosas funciones. Pero cuando se rompe ese equilibrio, puede alterar numerosos genes que afectan al sistema inmune y a procesos tan importantes como a la neuroplasticidad.

 

¿Qué entendemos por neuroplasticidad? Podría definirse como la capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse a nuevas experiencias. Gracias a ella somos capaces de adaptarnos y aprender de las nuevas situaciones, además de hacer frente a circunstancias adversas. Lo malo es que el estrés actúa reduciendo la neuroplasticidad y, por tanto, afecta a cómo nos enfrentamos a los problemas.

 

Por otra parte, cuando nos estresamos nuestro organismo reacciona de la misma manera que si se tratara de un proceso infeccioso, es decir, movilizando a las células que combaten una infección, aunque no exista. Esto recibe el nombre de inflamación. El estrés es capaz de provocar reacciones en nuestro organismo similares a las producidas por una infección, y eso incluye también a nuestro cerebro.

 

Así sufre el cerebro estresado

Aunque el estrés puede producir problemas cardiacos, digestivos, inmunológicos…, sin duda nuestro cerebro suele ser el peor parado. Los cambios en el cerebro pueden ser responsables de la aparición de numerosos trastornos neuropsiquiátricos, como el trastorno de estrés postraumático, la ansiedad y, sobre todo, la depresión.

 

La depresión será en los próximos años otra de las pandemias con las que tendremos que convivir. Se cree que será la enfermedad más diagnosticada en las próximas décadas. Posiblemente una de cada seis personas sufrirá al menos un episodio de depresión a lo largo de su vida. Si, como hemos explicado, su plasticidad nerviosa disminuye por el estrés, la persona tendría menos capacidad para hacer frente a los desafíos de la vida y menos recursos para enfrentarse a los problemas del día a día. Por ello podría llegar a caer en un estado que se conoce con el término de desesperanza.

 

Por otro lado, pensemos cómo nos sentimos cuando tenemos una infección. Estamos más cansados, sin energía, sin ganas de hacer nada… ¿Nos recuerda alguno de esos síntomas a la depresión? Es lógico pensar, por tanto, que el estrés puede provocar depresión.

Además, la exposición al estrés también modifica el comienzo y el curso de muchas enfermedades neurodegenerativas, entre ellas la enfermedad de Alzheimer, que entre otras cosas se relaciona con alteraciones inflamatorias y de la plasticidad nerviosa. Justo las mismas que induce el estrés.

 

En principio, este panorama no parece muy alentador. Pero no hay que caer en la desesperanza. Existen estrategias que podemos usar para reducir las consecuencias del estrés. El ejercicio físico, una alimentación equilibrada, los apoyos sociales y la meditación son algunos ejemplos de estrategias que reducen sus efectos. Estrategias a tener muy en cuenta para afrontar la situación generada por la actual pandemia.

 

 

 

 

Por

Carmen Pedraza Benítez, catedrática de Psicobiología, Universidad de Málaga y Margarita Pérez Martín, profesora de Fisiología y Neurocientífica, Universidad de Málaga. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

Fuente

https://ethic.es/2020/07/asi-le-pasa-factura-el-estres-a-nuestro-cerebro-y-mas-en-pandemia/

 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

La organización del trabajo y el estrés

 La organización del trabajo y el estrés. 

Este documento es el tercero de la serie sobre salud ocupacional titulada Protección de la salud de los trabajadores. Lo publica la Organización Mundial de la Salud.


martes, 25 de agosto de 2020

“La pandemia nos marcará y formará parte de nuestra biografía”

 Luis Rojas Marcos, psiquiatra de formación, casi no necesita presentación. A sus 77 años ha sido una de las figuras referentes de la medicina en las últimas décadas. Lleva desde 1968 trabajando y viviendo en Nueva York, en donde ha sido nombrado por tres alcaldes diferentes para dirigir diferentes puestos del sistema sanitario de la ciudad. Hablamos con él de esta pandemia y de las cosas que podemos esperar en el futuro más o menos reciente.

 

Médicos Afiliados de Nueva York es una organización sin ánimo de lucro compuesta por 3.500 médicos y profesionales de la salud que prestan sus servicios en seis hospitales públicos y en las diez cárceles de la ciudad. Luis Rojas Marcos es el director ejecutivo de esta asociación, a la que dedica buena parte de sus energías. El estallido de la pandemia de la Covid-19 ha puesto de nuevo a prueba la capacidad de trabajo de este doctor que, recién licenciado en Medicina, se instaló en Nueva York en 1968. Quince años más tarde, el alcalde Edwar Koch le eligió para dirigir los servicios psiquiátricos de los 11 hospitales generales de la ciudad. Otro alcalde, David Dinkins, le nombró, en 1992, responsable de los servicios municipales de salud mental, alcoholismo y drogas. Y, en 1995, un tercer alcalde, Rudolph Giuliani, le encargó la presidencia del Sistema de Salud y Hospitales Públicos. A punto de cumplir 77 años, constata los efectos devastadores de la pandemia y se desvive por minimizar sus consecuencias sobre la salud de los neoyorquinos. Se considera un ‘vencedor lento’.

 

¿Qué impacto está teniendo la crisis de la Covid-19 en la salud mental de los ciudadanos?

Indudablemente, esta pandemia está teniendo efectos devastadores para la salud en su sentido más amplio: estado de bienestar físico, psicológico y social. En cuanto a la salud mental, está siendo un gran reto para nuestra resiliencia; la mezcla de resistencia y flexibilidad que necesitamos para afrontar y superar adversidades. Concretamente, este enemigo invisible socava el sentido de futuro: desde pequeños, en cada momento pensamos con ilusión sobre lo que vamos a hacer más tarde, el mes que viene o incluso dentro de unos años. Por eso, cuando nos sentimos incapaces de anticipar el porvenir nos invade el estrés, la incertidumbre, la vulnerabilidad y se agrieta el cimiento vital de la confianza en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea. Como resultado, han aumentado considerablemente los trastornos de ansiedad, la depresión y la incidencia de problemas personales y de convivencia asociados al consumo de alcohol y drogas.

 

¿Ese impacto es idéntico en los ciudadanos de Estados Unidos, China, España o cualquier país europeo o del mundo?

El impacto psicosocial varía según los valores culturales del país. Se dice que la cultura es como la sal en la sopa, no la vemos, pero tiene efectos importantes en nuestra forma de ver la vida. Así, en los países donde predomina el sentido de grupo o colectividad, se tiende a pensar que el impacto de la pandemia depende de los recursos y la colaboración del grupo y es responsabilidad de la comunidad. Por el contrario, en las sociedades individualistas, como Estados Unidos, en las que se piensa que el individuo es el principal responsable tanto de sus éxitos como de sus miserias, los efectos de la pandemia tienden a considerarse fallos personales.

 

En Nueva York, ¿se constata que los colectivos más vulnerables son los más afectados por la enfermedad? La pandemia ¿afecta de forma muy diferente a ricos y pobres?

Sin duda. Los recursos personales, sean económicos o sociales, determinan definitivamente la defensa ante la pandemia, tanto en el acceso a los remedios sanitarios como a los dispositivos protectores. Es evidente que los colectivos de niveles socioeconómicos más bajos –que suelen incluir las minorías étnicas e inmigrantes– sufren y mueren desproporcionadamente. Este hecho representa un enorme desafío a los principios fundamentales de justicia y a valores humanos muy básicos, incluyendo el derecho a acceder a cuidados médicos independientemente del nivel económico.

 

Parece como si esta pandemia se viviera a dos niveles por cuestiones de edad: los jóvenes, poco susceptibles de sufrir contagios graves, y los ancianos, con altos niveles de mortalidad

Así es. Los efectos patológicos del virus discriminan a la población según la edad y la presencia de dolencias como diabetes, hipertensión y trastornos pulmonares, que son más prevalentes entre los mayores. Un ejemplo tan evidente como conmovedor es el contraste entre las altas cifras de mortalidad entre los residentes de asilos y residencias de ancianos y el impacto del virus, a menudo asintomático, en la población menor de los 35 años. Este hecho reta a la sociedad a tomar medidas específicas para proteger a las personas mayores.

 

¿Qué efecto está teniendo ese hecho en la forma de reaccionar ante la crisis de unos y otros?

En numerosas situaciones vemos que mientras la población más joven, amparada por el sentido de invulnerabilidad, actúa a menudo imprudentemente ante los riesgos de infección, los mayores tienden a sentirse desamparados o incluso desahuciados al ser considerados fuente de contagio por unos o victimas irremediables por otros.

 

Esta crisis ha demostrado que vivimos en un mundo insolidario, egoísta, o, por el contrario, ha puesto de manifiesto las grandes dosis de solidaridad que hay en nuestras sociedades?

Creo que la pandemia está poniendo de manifiesto, una vez más, la impresionante capacidad para resistir y superar adversidades de la especie humana y el papel fundamental que juega la solidaridad en la supervivencia de las personas y, en definitiva, de la humanidad. Quizá los medios no ayuden a exponer este aspecto positivo de los seres humanos. No olvidemos que las buenas noticias no son noticia. Creo que el titulo de los informativos debería ser “Malas Noticias” o “Sucesos Aberrantes”.

 

¿Algunos sistemas sanitarios han reaccionado mejor que otros ante la pandemia? Son muchas las voces que reclaman ahora que la sanidad tiene que ser 100% pública para que sea el máximo de eficiente ante crisis como esta.

La reacción de los sistemas sanitarios ha variado dependiendo de los recursos disponibles, de la fiabilidad de la información recibida y de los mensajes de los profesionales de la salud y lideres sociales y políticos. Indudablemente, la sanidad de misión pública –algo que aún escasea en países potentados–, dotada de los recursos necesarios, está mejor preparada para afrontar las epidemias y demás amenazas a la salud de los ciudadanos.

 

¿La pandemia marcará esta generación? ¿Qué huella dejará en nuestras vidas y en la forma de organizar nuestra sociedad?

Nos marcará y formará parte de nuestra biografía. El tipo de huella va a depender de las consecuencias que haya tenido en nosotros y en nuestro entorno y de la interpretación o explicación que le demos a su impacto, a nuestras decisiones y al papel que hayan jugado en su momento los lideres sociales. Es reconfortante recordar que la humanidad no sólo ha sobrevivido a terribles epidemias y calamidades, sino que a menudo ha salido reforzada de ellas. Y es que son muchos los hombres y mujeres que en su lucha por superar la adversidad descubren cualidades en ellos mismos que desconocían, reconfiguran sus prioridades y afirman haber experimentado cambios positivos. Esto es lo que llamamos Crecimiento Postraumático.

 

¿La solución llegará con esa vacuna que todos esperamos?

La vacunación masiva de la población y la consiguiente prevención de futuras infecciones por la Covid-19 marcará el fin de la pandemia. La recuperación de los daños producidos por el virus requerirá un proceso de duelo para los que hayan sufrido pérdidas de seres queridos y de rehabilitación para quienes hayan afrontado los efectos perniciosos de la pandemia sobre la convivencia familiar y social, la seguridad económica y laboral y el plan de vida.

 

Lidera la asociación Médicos Afiliados de Nueva York, que trabaja en hospitales públicos y cárceles. ¿Cómo ha impactado la Covid-19 en las prisiones que usted conoce?

En el escenario de las cárceles de NY, la pandemia ha adquirido un matiz especialmente desolador. El confinamiento involuntario de 9.000 reclusos en celdas construidas para un máximo de 4.000, que no permiten distanciamiento físico, ha planteado un enorme reto a la prevención de los contagios y ha creado un ambiente de alto riesgo y estrés en la población encarcelada y de gran tensión entre presos y guardias. Las intervenciones más frecuentes, aparte de las urgencias médicas, han sido crisis de ansiedad, depresión e intentos de suicidio.

 

¿Saldremos de esta pesadilla con una sociedad más solidaria o crecerán los populismos y los nacionalismos?

Sin negar la persistencia de los prejuicios y la discriminación en muchos países, incluido Estados Unidos, donde coincidiendo con la pandemia hemos vivido de cerca pruebas desgarradoras de un racismo empedernido, la evidencia demuestra que la mayoría de las personas viven convencidas de que la tarea diaria más importante es convivir en armonía y que el mejor negocio es el bien común. De hecho, cuando afrontamos situaciones catastróficas como esta pandemia y nos invade el pesimismo, con el tiempo, el resplandor de la solidaridad se convierte en la fuente más segura de esperanza.

 

¿Cómo valora la gestión de Donald Trump ante esta crisis?

En mi opinión, la gestión del presidente Trump ha sido caprichosa, impulsiva, mal informada y ha estado empapada de motivaciones políticas personales y manipulada con el fin de encubrir la ignorancia y serios errores de juicio y culpar a fuerzas externas o a contrincantes políticos. Menos mal que han surgido lideres locales como los gobernadores de ciertos estados, incluido Nueva York, que han tomado las riendas, han absorbido la confianza de los ciudadanos y nos han guiado en la superación de la devastadora pandemia.

 

En noviembre quería correr la maratón de Nueva York. ¿Volverá la normalidad a nuestras vidas en unos pocos meses?

Como cabía esperar, la maratón de Nueva York ha sido cancelada por motivos de salud pública. Pero tenemos la oportunidad de correrla individualmente monitorizados por la organización. Esta opción ha sido una buena noticia para los que estamos enganchados a esta prueba anual -yo llevo 26-, acabadas a duras penas en más de una ocasión, ya que soy un vencedor lento. Este es mi lema que aprendí de Martin Luther King y recomiendo: “Si no puedes volar, corre; sino puedes correr, anda; si no puedes andar, gatea; pero hagas lo que hagas, ¡sigue avanzando!”.

 

 

 

Por Siscu Baiges

Fuente

https://eldiariodelaeducacion.com/2020/07/31/la-pandemia-nos-marcara-y-formara-parte-de-nuestra-biografia/

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